martes, noviembre 07, 2006

Otro... distinto


Es que tengo ya 38 años.


Es muy noche y siento unas ganas tremendas de escribir.

Otra vez, como hace ya muchos años, muchos ayeres dicen en las canciones cursis, esas que me gustan y que sigo escuchando, por las que dicen que yo también soy cursi.

No sé si ya perdí esa capacidad de escurrir mi sentimiento en el papel, aunque ahora sea en un teclado. Esa capacidad de condolerme de mí mismo y de sufrir como he sufrido.

No sé si eso pueda perderse alguna vez o seguimos siempre a disposición del dolor y del quebranto y de la lástima por uno mismo.

No sé (¡qué raro que use esta expresión!), no sé digo, si la vida ya no tiene tiempo. A veces siento miedo de la edad, de sentirme viejo antes de tiempo y de no sentirme joven desde ya. Las canas se me echan encima como abejas africanas, pero flacas y blancas, y comienzan los dolores de los huesos, ligeros, casi nadas, como pájaros lejanos que apenas si se ven en cualquier atardecer contra el Popocatepetl -no me gusta decirle Don Gregorio, como dicen que le dicen los viejos que viven en sus faldas, que debieran ser pantalones porque es hombre y Popoca es nombre de hombre-humo o de humo-hombre, como el que ha fumado y ahora quiere sus pulmones de regreso y le reclama a Philip Morris, un yupie que fue chavo banda ¿o no?-.

Me da miedo la edad, siento miedo por esos años que ya no tengo y los que se han ido, como canciones viejas que ya no recuerdo cuando quiero, sino hasta que por casualidad algún programador de radio las programa -¿qué otra cosa podría hacer un pobre programador de radio?- y me ensanchan los lagrimales o la nostalgia por amores que no fueron, por veranos que no se presentaron como yo pedí, por playas o arboledas que no venían como decía en la carta del restaurante de la juventud, aunque no sé si de mi juventud -¡y para colmo no me dieron garantía!-.

Ahora escucho música de entonces y otra que nunca antes se paró en mi oreja y me gusta, pero no me gusta estar aquí solito, escribiendo como con ganas de llorar y de dormir.

Dice la canción que alguien será mi amigo siempre para que no tenga que viajar sólo y solo.

A veces las recuerdo a todas ellas, no a las canciones sino a ellas, con sus besos que no me dieron, por que los que me entregaron en hum-edades nocturnas o de parque o bajo la lluvia, esos los tengo en la memoria, aunque a veces no me acuerde de ellos. Quizá no me conviene o no quiero recordarlos porque duele -¿dolerán los besos, aunque sean de amor o aunque sean en tiempo pasado, copretérito digamos?-.

Otras tardes o noches como ésta, recuerdo y me atormeta y más bien quiero hacer cosas nuevas, no porque tenga aún mucha energía, que parece que toda me la quitó mi hijita, sino porque aún tengo muchos huecos en la mente y debo llenarlos con recuerdos y no tengo suficientes. Sólo es eso, un afán de llenar huecos porque nunca me ha gustado estar vacío y ahora así me siento, cantando canciones de amor que alguna vez significaron algo y que ahora no entiendo ni porque estén en inglés.

Hace poco me invitaron al amor y tuve miedo -¡vaya, qué manía!- de no ser capaz de estar con ese amor y hacerlo y ahora no sé qué más debo escribir porque me duele la ingle derecha por esa invitación.

(El corazón me late aprisa, como queriendo dormir pronto, y recuerdo una noche en Guadalajara en una disco y otra en León y lo que recuerdo es que no me gustan las discotecas, porque nunca he podido platicar en ellas ni nunca pude ligar una muchacha como hacen todos los que se dicen normales. Si esto se viera en una concha de Veracruz o de Acapulco o en un jarrito de Tlaquepaque diría: Recuerdo de las discotecas visitadas, por la música que acompaña estos teclazos).

Ahora mismo recuerdo una película -Gente como uno, Ordinary people, en inglés- que me llamó mucho la atención y que no tiene que ver con los párrafos de arriba. Es una historia simple de una simple familia americana, pero me acordé porque lo que quiero es no ser extraordinario porque cansa pretender ser extraordinario y no quiero estar cansado.

Pienso que ya son muchas tonterías (babosadas iba a escribir, pero mejor que quede tonterías), pero todo esto es importante porque no quiero dejar de ser quien soy, aunque sé que ya no soy el mismo, soy distinto y nuevo, aunque viejo y casi dormido, aunque en lo mejor de la edad, en la mejor edad: los 38 primeros años de mi vida. ¡Salud!, ¡Vale!, ¡Viva la vida!, ¡Vámonos a dormir -mi alma y yo-, porque ya es tarde y mañana es domingo!

Blas Torillo (Cuando cumplió 38, y lo viene a publicar ahora, a los 46).

3 comentarios:

Rafael dijo...

Blas, que abierto pones el corazón a los que entramos a tu Blog, y ahora que han pasado ocho años ¿Que ha pasado? ¿Los sentimientos son los mismos?

¿o tal vez te sientas más joven que cuando te sentías más viejo? suele suceder....

Yo también tengo 46, que chistoso

Saludoes!!

Cristina Fornés dijo...

"lo viene a publicar ahora..." ¿porque ya pasó , y puede verse como "experiencia"-anécdota-curiosidad-pieza literaria?...¿o por qué se te está repitiendo la historia¡Vamos Blas, no te achiques!
Como dijo el sabio rey Salomón: "Todo tiene su tiempo..." y "Todo lo que te vieniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas..." Y disfruta de tu pan, tu bebida, tu familia y tu trabajo (esto último parafraseado). Con un fuerte abrazo, tu amiga.

Blas Torillo dijo...

Gracias Rafa y Flores...

Es verdad que las casualidades de la vida son curiosas... Y sí... qué bueno Rafa que también tengas 46... Si sumamos las edades y las experiencias, somos unos venerables ancianos expertos en esto de vivir... jajajaja...

Un abrazo...

Flores: No os precupéis... No lo puse porque ahora me sienta igual, sino porque me dieron ganas de ser leído en algo que no habís compartido antes.

Besos para ti y salu2 para aquél...